Por: Susana Silva

Los mexicanos le rendimos culto a la muerte como parte de nuestras tradiciones, que en fechas como las que vivimos en estos días nos remiten siempre al pretexto comercial. Ya sea por lo que respecta a los altares para nuestros muertos, porque ya hay hasta una sección dispuesta en los súper mercados ex profeso, o para justificar la ilusión que le hace a los pequeños el recibir dulces de puerta en puerta con el disfraz implícito, la importada celebración del Halloween se celebra sólo un día antes de las dos fechas de la tradición mexicana del 1 y 2 de noviembre.

Y como siempre, caemos en la trampa de la mercadotecnia, si incluso yo he pensado en montarle un altar a mi padre, cosa que no acostumbraba, pero no deja de parecerme un homenaje digno, además de un ejercicio importante del cual me ha surgido una reflexión.

De todo lo que puede estar detrás de este culto a la muerte, no me voy a ocupar en estas líneas, sino de lo que enfrentarnos a la muerte me ha significado.

Creo que no hay forma de estar preparados para una pérdida tan grande como lo que implica la muerte de un ser querido, porque en buena medida, desde la infancia, cualquiera de las lecciones que recibimos en casa o bien en la formación académica, están dirigidas desde luego a arraigarnos a los hábitos, a las buenas costumbres, pero inexplicablemente, nunca a la aceptación del cambio, y mucho menos a las pérdidas.

Vivimos acostumbrados y es por ello que enfrentarnos a cualquier pérdida nos cuesta mucho, nos abrazamos al concepto del “apego” y nos volvemos incapaces de soltar, sin lograr que el dolor no esté asociado a ellos: a nuestros recuerdos, a nuestras relaciones pasadas, o en última instancia, al recuerdo de las personas amadas que perdemos en vida.

Habría que hacer un análisis importante de cómo nos relacionamos con las personas y las cosas, porque en la medida que buscamos el desapego de ellas, nos acercamos a la oportunidad de vivir de cara al cambio, que es una invariable constante de vida, lo cual nos permitiría enfrentar con mayor aplomo a la muerte o a cualquier pérdida que experimentemos, dentro de una dinámica de aceptación de esos cambios que no podemos controlar.

Manifestar de modo constante nuestros sentimientos, ayuda a depositarlos en aquellas personas que se benefician de ellos.

Las peculiares circunstancias en las que la muerte nos alcanza, pueden a veces crear una distancia entre nosotros y ese ser que se adelanta, coartando nuestra posibilidad de expresar lo que no procuramos decir en el día con día, las palabras que se nos escaparon por no haber tenido la oportunidad de hacerlo.

A mi padre se lo llevó la muerte, sin que pudiera despedirme de él, sí, la canija huesuda, es muy traicionera, pero en vida, no se me quedaron guardadas las palabras de agradecimiento, de profundo cariño y amor hacia mi papá, así que, claro, cuando él se fue, el dolor de enfrentar su pérdida fue muy grande, pero la tranquilidad de todos los gracias y te quiero que le dije antes de irse, ayudaron a brindar consuelo durante el duelo.

Cuando los recuerdos de los que se han muerto ya no duelen, no es porque los hayamos olvidado, solamente significa que al fin nos hemos desapegado, lo cual representa una importante lección de vida o de muerte, bien aprehendida.