Hay personas que llevan el talento culinario en las venas, que nos inspiran con las preparaciones exquisitas y originales que van marcando tendencias en el mundo gourmet, y a las que admiramos aunque no nos guste cocinar, porque a todos, lo que sí nos gusta, es comer bien.

Esos chefs que marcan pauta y hacen que las reservaciones en sus restaurantes se agoten o deban anticiparse por meses, los que observamos protagonizando programas de televisión y de cuyos libros de cocina ansiamos poder reproducir alguna receta con eficacia, son seres que idealizamos, ya que son capaces de producir platillos que enamoran a la vista y por supuesto al paladar.

Sin embargo, aunque con resultados más modestos, nos embarcamos en la aventura de la cocina ya sea por necesidad, por gusto o por accidente, porque al fin y al cabo, tenemos que preparar nuestra comida. Y ya sea para satisfacer una dieta sana, baja en carbohidratos, mediterránea, vegana, o cualquiera que sea nuestro interés alimenticio, la preparación no debería constituir una tarea aburrida, pues con el simple hecho de comprometernos con ello, podríamos mejorar nuestras técnicas culinarias de manera radical.

Sólo basta una pizca de sentido común y utilizar los ingredientes adecuados, por obvias razones la voluntad debería ser el primero, porque quien se excusa con el pretexto de “no saber cocinar”, más bien debería admitir que no quiere aprender a hacerlo, debido a que la nobleza de la cocina es increíble, y para echar a perder un platillo se requiere algo más que la falta de conocimiento, pues la genuina intención de preparar una receta con el interés implícito que se requiere, asegurará un buen resultado.

Tal vez mi primer recuerdo como ayudante en la cocina de mamá, me remite a la infancia, cuando empeñada en sorprenderla, me ocupé de realizar la complicada tarea de compactar y enharinar las piezas de pescado, sin que ninguna se desbaratara, para su receta de tortitas fritas, lo cual sucedió en medio de un descuido de la Chef ejecutiva, que se apartó por unos minutos para contestar el teléfono. Reconozco que el gusto de mi mamá por la cocina, se contagió en mí desde aquella edad, que no pasaba de los seis años porque bien recuerdo que aquel día me valía de una silla para alcanzar la mesada, y ese interés, aún a tan corta edad y muy a pesar de lo complicado de la elaboración, demostró que el reto de la cocina con el empeño adecuado siempre puede ser superado.

Es cierto que hay que aprender a caminar paso a paso, por lo que empezar por platos más sencillos será lo indicado cuando iniciamos el proceso de aprendizaje, aunque no será difícil evolucionar hacia platillos más elaborados y complejos a medida que la tarea de aprender a cocinar se vuelva un compromiso.

La variedad de recursos encontrados en las redes actualmente, además de los programas de televisión, nos plantean innumerables opciones que con el paso a paso, nos previenen de fracasar. Los típicos libros y recetarios de cocina resultan la elección para otros, ellos no pasarán de moda, pues muchos de estos son heredados por generaciones, manteniendo así el sello de la familia y volviéndose una reliquia muy apreciada, por quienes valoran esos sabores de antaño.

Atender a clases vivenciales, puede incluso convertirse en una posibilidad para socializar y compartir experiencias culinarias que se encargarán de eliminar cualquier excusa para no aprender a cocinar.

El tomarnos la oportunidad de degustar platillos en nuestros restaurantes favoritos es un lujo que podemos replicar en la intimidad de casa, sólo debemos alimentar a ese chef que todos llevamos dentro para dar el primer paso, preguntar qué ingredientes se han empleado para preparar ese plato que nos ha encantado, volvernos más creativos al mezclar algunos elementos para producir nuevos sabores, tomar en cuenta las texturas de los alimentos para jugar con combinaciones y contrastes, perder el miedo a la ejecución y permitir que nuestro sazón vaya refinándose gradualmente, para lo cual siempre es mejor ajustar los condimentos al final, que excedernos cuando no estamos seguros de la cantidad.

Puedo asegurarte que ese bocado con el sello del esfuerzo personal detrás del delantal, te sabrá a gloria.

Encontrar un balance entre la comida que ingerimos en casa y en la calle es definitivamente una decisión ligada con nuestro estilo de vida, pues depende de distintos factores muy personales asociados con horarios, recursos, costumbres, etc., no obstante, el recurrir al desarrollo de nuestras aptitudes culinarias constituye una herramienta que otorgará grata recompensa al ser dominada, pues no hay comida más placentera que la que se prepara con el ingrediente más importante, el cariño que deposita el cocinero en su confección.

 

 

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