Los patrones de conducta que adquirimos, en muchas ocasiones nos ligan a un estado anímico que asociamos con la influencia de los estándares preconcebidos en nuestra sociedad, reflejo de imágenes que captamos incluso de la industria fílmica.

Pobre de Bridget Jones (Renée Zellweger), que se siente incompleta y perdida antes de ser conquistada por Daniel Cleaver o Mark Darcy (Hugh Grant y Colin Firth) en “El diario de Bridget Jones”. O en Eat Pray Love, cuánto trabajo le cuesta a Julia Roberts adquirir un set de lencería por el simple gusto de usarlo para sí misma y disfrutar de un desayuno especial sin la compañía de una pareja.

Y para incluir al género masculino, qué tal la transformación que sufre Steve Carrell en Crazy Stupid Love, sólo para buscar desesperadamente un encuentro sexual, que alivie su reciente rompimiento matrimonial.

En fin, parece que eso de encontrarnos sin pareja, no es bien visto por la sociedad y Hollywood se encarga de recordárnoslo, y por ende nos lleva a la sensación de sentirnos: ¿incompletos?

Tal vez, a consecuencia de un rompimiento sentimental, de un divorcio o de una separación, terminamos sin pareja, lo cual nos pesa como si se tratara de una maldición, condenándonos al muy “despreciable” estado de la soltería, que en muchas ocasiones hemos experimentado como si se tratara de una enfermedad incurable.

Entonces, la obsesión por encontrar a ese alguien, que va a venir a arreglar nuestro triste y gris mundo, se dispara, con una necesidad implícita, orientándonos casi patológicamente a una búsqueda cuyo éxito, por obvias razones, no está bajo nuestro control.

Como un resultado manifiesto, nos volvemos incapaces de aceptar nuestro estado; cargando a cuestas un vacío persistente que nos conduce a alejarnos cada vez más, de la real posibilidad de aprender a vivir solos, aún en compañía de otros.

Lo más importante cuando nos despegamos de las relaciones, es encontrarnos a nosotros mismos en el fondo de ellas. El sanar y aprender a partir de nuestros errores, aprehensiones, miedos y compulsiones, delante de la ruptura en una relación, nos vuelve individuos mucho más sanos y aptos para relacionarnos.

Sin embargo, cuando nos aferramos al popular refrán de que “un clavo saca otro clavo”, no calmar la ansiedad sino hasta después de haber encontrado el sustituto en esa búsqueda, que puede replicarse como un nuevo fracaso, porque no hemos asimilado los elementos que nos llevaron a la ruptura previa.

Si no logramos valorar nuestra propia compañía en la individualidad, tal vez siempre estemos a expensas de necesitar la de otros, para justificar nuestro bienestar.

Pero para aprender a vivir nuestra soltería con gusto, debemos despojarnos de los estigmas sociales, no importando que la tía metiche lleve la cuenta de los meses de la ruptura, o que el vendedor de la taquilla en el cine nos pregunte enfáticamente si   necesitamos comprar una sola entrada; ni tampoco cuando al pedir una mesa para una sola persona en el restaurante, el anfitrión o anfitriona nos obsequian una mueca de decepción.

El gusto por cultivar nuestra compañía en la soledad puede llegar a disfrutarse mucho, siempre y cuando se busque conquistar, con la emoción que da conocer a una persona nueva en nuestra vida, a esa persona singular que somos en realidad.

A veces es necesario darnos la oportunidad de convivir con nosotros mismos desde la soltería, aun cuando tengamos a una pareja, ya que sólo así lograremos entender nuestros intereses, gustos, sentimientos e inclinaciones de un modo genuino.

Es curioso, pero nos volvemos más aptos para convivir con los demás, cuando aprendemos a hacerlo solos, sin angustia ni presiones sociales. Conquistando la feliz sensación de pasarla bien, porque somos seres integrales, relacionándonos con otros igual de completos.

Café Toscana y novelas por Susana Silva

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