En la literatura la ciudad puede

servir como mero panorama o

bien, como causa y consecuencia

de los hechos narrados

 

Este texto, a manera de cuento, es otra de las narraciones que Herman Melville nos deja en su acervo literario. Alejada un poco de su obra cumbre, Moby Dick, la mítica ballena blanca y por la que el escritor norteamericano, mediante la fuerza de asociación, autor y obra quedan fundidos para siempre. En Bartleby, publicado originalmente en 1856 en un volumen titulado Piazza Tales, es un relato largo, casi una nouvelle, donde los estados perceptivos como el humor, la imaginación, el misterio, la incertidumbre, extrañeza, pequeñas dosis de surrealismo y la insolencia como un acto desenfadado y sujeto a la sinrazón (al menos en apariencia) entre otros, son los ingredientes que nos llevan por una corriente narrativa en donde la ofuscación y la impotencia, abrazados por el asombro, también son nutridos a cada instante.

Si bien, en aquellos años Bartleby en un principio pasó inadvertido, pero con el tiempo llegó a ser una de sus obras más estudiadas y traducidas.

Esta historia, misma que llamara poderosamente la atención de Borges quien escribiría afirmando: “Bartleby, que data de 1856, prefigura a Franz Kafka”. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción;   es un ser misterioso, escurridizo, pálido y sombrío que trabaja como amanuense, “escribano” o copista judicial en un despacho de abogados situado en el segundo piso que puede ser en cualquier edificio de Wall Street en NuevaYork.  En palabras del narrador, dueño del bufete, sitúa sus oficinas y ubica al lector: “Por un lado daba a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto por una claraboya y que abarcaba todos los pisos, la vista del otro lado ofrecía, por lo menos un contraste. En esa dirección, las ventanas dominaban sin el menor obstáculo una alta pared de ladrillo, ennegrecida por los años y por la sombra […] A causa de la gran elevación de los edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se parecía no poco a un enorme tanque cuadrado”. Aquí vemos el barrio comercial y administrativo de la ciudad y la descripción de lo que se ve desde las ventanas de la oficina: en espacio cerrado por paredes, ominoso, opresivo y depresivo. Allí comienza a trabajar el nuevo escribiente Bartleby; dedicado única y exclusivamente al trabajo, sus días transcurrían sin muchos atisbos acumulados, todo marchaba con la naturalidad con la que la cotidianidad abraza el paso de las horas y de los días, sin embargo, no es sino hasta que su jefe por vez primera le ordenara cierto encargo, común al mundo laboral en el que fluía como empleado,  para que diera comienzo el desencadenamiento de una serie de sensaciones y sentimientos, unos encontrados, los otros perfectamente definidos si se tiene en cuenta el hecho impredecible. “Preferiría no hacerlo” fue lo que obtuvo como respuesta, frase que se convertiría en una muletilla;  palabras que en el mismo segundo en que se decían, en el que causa y efecto se desprenden una de la otra en un acto vertiginoso, se antojaban para el jefe de Bartleby, salidas de un lenguaje desconocido, sometiéndolo sustancialmente a ese asombro que solo puede encontrarse en los terrenos de la perplejidad, y donde todo acto provocativo se queda sin trascender,  ya que éste no se sitúa nunca como un fin, sino que surge como un eco misterioso, definitivo, ulterior diría yo. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son tres los protagonistas de la historia: el obstinado Bartleby, el narrador (su jefe, a quien Melville no le pone nombre) y que se niega precisamente a que esa  obstinación actúe maléficamente en contra y a diferencia de lo que uno pudiera pensar, acaba por encariñarse con él. Pero el tercer protagonista es la ciudad de Nueva York, que funciona como marco y como causa de acción.  Los repetidos “preferiría no hacerlo” continúan como respuesta a cada mandato para que después, en una vuelta de tuerca, la intención original en la que toda “autoridad laboral” ejerce su porción de poder, transmutara y pasara a ser sugerencia por parte del jefe de Bartleby; en aquel,  vemos como poco a poco la inquietud y la fuerza de la razón por comprender semejante actitud, comienza a querer encontrar respuestas, a esto le añadimos que paradójicamente, le sirve en su propia actitud indulgente ante la rareza y excentricidad  de su empleado, a manera de  expiación a sus culpas y el poder redimirse como ser humano;   más no así para los compañeros de trabajo de Bartleby, ya que al negarse a hacer, entre otras cosas, el cotejo de las copias escritas con el original, ellos de mal gusto lo tenían que hacer por él, trayendo como consecuencia, que el ambiente de trabajo tendiera a extremar sus características físicas tensándose como un viejo ropero de madera, húmedo y expuesto al sol.

“Los domingos Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada día es una desolación. Este edificio también, que en los días de semana bulle de animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado. ¡Y es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto poblada, es una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago”.

Bartleby es la personificación de la desolación, agazapado detrás de un biombo que lo aísla, pasa las interminables horas trabajando, copiando escritos, dibujando mentalmente a través de la ventana y en la pared del edificio contiguo,  sus sueños más recónditos; ahí, bajo la privacidad que le ofrece su gran baluarte, no el biombo material sino su propia y natural coraza que magistralmente emplea: el enigma. Nuevamente la ciudad, el barrio, el edificio aparecen como modelo de aislamiento, la soledad y la incomunicación.

Encontramos en Bartleby a un ser singular, sin historia, sin cauda detrás de él, su locura progresiva termina contagiando a su patrón quien al ver que no lo puede desalojar de la oficina, decide  mudase él mismo a otro lugar dejándolo allí y paralelamente como acto en consecuencia, despidiendo a su empleado misterioso. Más adelante encuentra algunas noticias del pasado de Bartleby cuando éste yace confinado en la cárcel.

Por mi parte, podría seguir hurgando entre los vericuetos de la obra de Herman Melville pero…”preferiría no hacerlo”; eso corresponde a los terrenos de aquel mundo donde extreman sus raíces la psicología, o como Borges enuncia: “las fantasías de la conducta”.

La novela urbana da cuenta del estado emocional del hombre moderno: el sujeto que se enfrenta a la ciudad, o el sujeto que es un nómada en ella, o un paria, que se afirma en el espacio que habita o desaparece en él.

 

Christian Velázquez Vargas.