Una copa de vino siempre reúne a cualquiera. Ya sea tinto, blanco o rosado; el líquido macera y emana historias interesantes, burbujeantes de quienes lo beben.

En mi caso,  las notas de una primera vez en una vendimia se notaban a simple vista. La manera de coger el fuste de mi copa no era de un experto o amante de vinos, al contrario, era un aroma amateur impregnándose en aquellos viñedos del municipio de Ezequiel Montes.

Me acerqué al sommelier y me rellenó la copa por segunda vez. “Una cortesía de la casa”, señaló a mi llegada. Con gusto, asentí y traté de adivinar la textura que componía al contenido de mi cáliz, sin embargo -a quién quería engañar- el vino, las uvas, la cata, nunca ha sido lo mío.

Cervezas, vinos espumosos y secos saciaban la sed de los asistentes con sombreros, vestidos y bermudas, así como la charola de quesos dominaban el centro de las mesas y periqueras sobre el pasto ardiente del lugar.

El mejor brindis de la tarde, sin duda, fue el “pisado de uvas”. Fenómeno que atrae bastante a los pies visitantes debo decir, a sumergirse en cientos de uvas de color violáceo y sentir como el fruto desprende su jugo, su esencia debajo de los pies. Reconfortante. Dulce. Frutal. Brutal.

Sensaciones que no bastan con ver a través del cristal, charlas que se expiden por encima de la boca estrecha de las copas y alguna que otra base en el aire, a punto de coincidir con otras semejantes y chocar entre sí. ¡Salud, bienaventurados que vienen!

¡A las benditas vendimias!