“Si queremos tener adultos responsables, hay que formar niños responsables”

Una palabra, un gesto, un cariño, un abrazo e incluso un silencio son sólo algunas de las diversas formas que nos ayudan a comunicarnos con los niños. Establecer una buena comunicación con ellos no siempre resulta sencillo, pues para lograrlo, es esencial establecer una relación de confianza, con bases sólidas que le brinden a los pequeños seguridad, de forma que se sientan vinculados a nosotros, los adultos. Es cierto que todos los niños son distintos, desde muy chiquitos comienzan a desarrollar personalidades diferentes, con cualidades únicas que son la esencia de su ser. Sin embargo, el contacto con ellos requiere de algunas pautas que podrán favorecer una sana comunicación y convivencia.

Como primera instancia, siempre debemos ponernos a su nivel. Ellos nos perciben de manera distinta cuando reciben una instrucción desde arriba, a cuando la reciben de frente mediante el contacto visual. Asegurarse de que nos escucha, tomándonos un momento para cerciorarnos puede marcar una gran diferencia en la ejecución de sus actos. Si el niño se encuentra haciendo otra cosa, podemos llamarle por su nombre de forma que estemos seguros de que nos está escuchando realmente. Es fundamental siempre explicarles el “por qué” de todo, incluso de situaciones que podemos llegar a creer que no son adecuadas para ellos, exponiendo nuestro punto a su nivel de comprensión y madurez. Hay que ser simples, concretos y directos, pues debemos tomar en cuenta que el pensamiento de los pequeños es mucho menos complejo que el nuestro, contando aún con mucha fantasía y poca abstracción.

La asertividad y empatía son componentes que, desde mi perspectiva como psicóloga, fungen como sustento ante cualquier tipo de comunicación con ellos, no solamente verbal, sino la no verbal también. Nuestros movimientos, gestos y expresiones faciales dan a conocer mucho más de lo que nosotros creemos y los pequeños, al ser tan transparentes, no esconderán su forma de entendernos.

Otro aspecto fundamental, es el favorecimiento de su resolución de conflictos, de manera que constantemente les estemos brindando herramientas que los empoderen y los ayuden a enfrentarse al medio que los rodea. Hay que incitarlos a que piensen, que razonen, que de ellos mismos surja la respuesta a un conflicto o a cualquier tipo de situación, sin imponerles lo que nosotros creemos correcto. Es aquí donde nuestro papel se torna cada vez más importante, es nuestro deber estar ahí para escucharlos con atención y servir como guía ante las situaciones creadas por ellos.

El cariño, los besos, los abrazos, el “apapacho”, alimentan de forma positiva esa personalidad que día con día formulan y construyen con todas las experiencias que viven continuamente. Los vínculos afectivos deben ser significativos, y mientras más profundos, mejor será su aprendizaje, expresión, comunicación, razonamiento y manera de desarrollarse ante el mundo en el que se desenvuelven. Se debe gratificar al niño no sólo cuando saca buenas calificaciones o “se porta bien”, sino cuando crean hábitos, toman decisiones correctas, piensan por sí mismos, o logran exitosamente acontecimientos cotidianos a las que no siempre les damos la importancia necesaria, esto forma bases sólidas para una adecuada autoestima.

La escucha activa, el respeto, la tolerancia, la paciencia, la comprensión y sobre todo, no recurrir a amenazas, son algunos de los muchos componentes que deben conformar el cómo nos expresamos hacia ellos. La constante estimulación impulsará el desarrollo de habilidades esenciales necesarias para su máximo desarrollo. Como adultos, debemos siempre trabajar en nuestra inteligencia emocional, lo que favorecerá la transmisión eficaz de cualquier tipo de información hacia los pequeños que en cada momento nos toman como ejemplo.