Por: Drea Rodríguez Cervantes

“¿Cómo por qué te gusta tanto ir a Bosnia, que no están en guerra?”, “¿Bosnia? ¡Ah Boston!”, “Mmm… me suena, ¿en que parte de Asia está?” Estás son algunas de las reacciones de amigos cercanos que se preguntan que hago cada año en Bosnia y Herzegovina.
Llegué a Sarajevo por primera vez un 13 de julio del 2014; estaba en pleno apogeo la Copa del Mundo, tenía el corazón roto gracias a la derrota contra Holanda. Bosnia igualmente salió descalificado, pero las palabras de uno de sus jugadores, las de mi jugador favorito de hecho, fueron las que me llevaron a comprar mi boleto. Fue un viaje ridículamente largo, alrededor de 12 horas, lo digo porque tomé el único tren que sale de Zagreb a Sarajevo y años atrás era como ir de la CDMX a Querétaro, era un mismo país.

En el tren conocí a Pascal y ya me estaban esperando mis amigas “las griegas”, nos convertimos en el dream team viajero desde el primer día. Pascal como todo buen suizo, era nuestro reloj, nuestro guía y nuestra agenda. Nos sugirió un bar que venía señalado en su Lonely Travel y pues, le dijimos que sí.

¡No podía creer lo que veían mis ojos! ¿En qué año estamos? ¿Qué es esto?

Habíamos llegado a Zlatna Ribica, literalmente traducido como Pez Dorado, era un bar pequeñito con la decoración más exóti
ca e impresionante que había visto. Todos pidieron una Sarajevsko, la cerveza local, yo sólo pedí un café simple, negro. La mesera parecía sacada de un libro de cuentos medievales y era bellísima, una típica chica de Bosnia; me dio mi café en una taza pequeña de vidrio y un platito de cerámica. El mejor café que había probado en mi vida.

Aún no estoy segura, pero casi puedo jurarles que se trataba de Sanja Čalkić, actual manager de Zlatna Ribica. Sanja empezó como mesera mientras estudiaba Literatura en la universidad, nunca se imaginó que se terminaría enamorando de ese lugar y que ahí se quedaría por varios años. Me contó que todo empezó hace 34 años, el dueño era taxidermista y comenzó a decorar el lugar con toda clase de antigüedades, a sus amigos les encantó como lucía el lugar, así que nunca paró; es más no ha parado, el Pez Dorado sigue hasta el día de hoy en constante cambio.

No se puede hablar de Sarajevo sin hablar de la guerra, así que invité a Nedim Hadrović, un verdadero rockstar sarajevita a que me iluminara sobre la cultura del café en la Bosnia y Herzegovina de la pre y post guerra.

Durante 4 años, la ciudad se encontró sitiada, en constante bombardeo y disparos recibidos desde las montañas de parte de francotiradores; la población tenía que escapar de esta realidad, y Zlatna Ribica no cerró sus puertas durante estos años, tal vez esa es una de las cosas que lo hace tan especial y emblemático.

Nedim me cuenta que el café en Bosnia no es cualquier
cosa, él le llama “un lubricante social”, aquí no se vive una vida express como en Italia, donde te tomas tu shot de espresso en la barra y te vas. Aquí cada momento se disfruta, cada sorbo toma su tiempo y hasta la preparación es un proceso religiso y artesanal. Una taza típica de café bosnio se prepara con un molido especial de los granos, es tan fino como el polvo; se hierve el agua en un pequeño contenedor de cobre y se revuelve hasta que se forma espuma, se sirve en un juego de cerámica tradicional acompañado de un deleite turco y con cada sorbo se pellizca un trocito de un cubo de azúcar. Desde tiempos inmemoriales se ha servido el café así, y se seguirá sirviendo mientras los bosnios sigan haciendo de éste, su bebida predilecta.
El pasado es algo que sin duda ha marcado la vida de los bosnios para bien y para mal, se respira nostalgia en cada paso, en cada agujero de bala que se ve en las casas, en cada taza de café y en Zlatna Ribica. Esa es la magia del lugar y ésta es mi respuesta a la pregunta de ¿qué hago cada año en Bosnia?, vengo a viajar en el tiempo, vengo a vivir la vida momento a momento y a tomar café.