La edad es una característica inherente a nuestra persona, seamos niños, jóvenes, o ancianos, no se trata más que de la definición de la cantidad de años que llevamos plantados en este mundo.

Las antiguas civilizaciones veneraban la sabiduría de los ancianos, colocándolos en muchas culturas incluso en situaciones privilegiadas otorgadas por su trayectoria y/o nivel de conocimientos.

Sin embargo, en la actualidad, el significado de vejez no se empata necesariamente con el de poseer atributos privilegiados sino que nos pesa desde el primer momento en que compramos el discurso que la sociedad nos vende. Y de los veinte pasamos a los treinta, y así sucesivamente, preguntándonos en cada cumpleaños si al fin hemos logrado el éxito que los demás esperan de nosotros.

Por ello nos da pavor envejecer, porque no pensamos en lo que hemos ganado, más bien, nos enfocamos al tiempo perdido, se nos olvidan los logros, los aprendizajes, porque la ambición por el “éxito” económico tan aplaudido por la sociedad, es al parecer, el único motivador que nos permite valorar el paso de nuestros años, cualesquiera que estos sean.

 

Existen algunas palabras o combinaciones de estas para el caso, que al traducir del inglés al español pierden una gran parte de su esencia: “to grow old”, interpretado en nuestra lengua significa “envejecer”, aunque de traducirlo literalmente podríamos decir que significa: “crecer en edad”.

Me gusta quedarme con la idea de “crecer en edad”, que comunica un sentido mucho más rico que el de acumularle el paso del tiempo a una cosa igual que a una persona, porque es evidente que los objetos inanimados envejecen y como reza el dicho “por servir se acaban”. Pero qué distinto es pensar que al crecer o ganar en la edad, adquirimos madurez aprendiendo a atesorar el paso del tiempo como un privilegio de desarrollo, aun cuando el deterioro, en este caso por envejecimiento del cuerpo humano, esté implícito. El alma en cambio no envejece, creo que a veces hasta corre el riesgo de rejuvenecer, cuando a medida que el tiempo pasa, se va liberando de ataduras y prejuicios, que sólo a través de la experiencia y conocimiento ganado con el paso del tiempo, podemos alcanzar.

No sería más conveniente replantearnos la pregunta de cada año, canjeándola por si al fin hemos logrado el éxito que esperamos de nosotros mismos, cuando la definición de ese éxito, refleja una verdad mucho más profunda que el hecho de hacer dinero, fruto de un auténtico proceso de crecimiento por nuestra edad.

El temor de envejecer cobra un significado diferente cuando lo elevamos al anhelo de crecer en edad, qué pronto nos olvidamos de ese impulso ansioso que cuando éramos niños nos hacía implorar porque el tiempo pasara más rápido para concedernos una edad mayor, en la que podríamos realizar nuestros sueños.

Cuando nos orientamos hacia la idea de que al sumar todas nuestras capacidades y experiencias nos hacemos más valiosos y no meramente más viejos, podemos asumir que nuestras palabras cobran un peso distinto porque se sustentan con la experiencia del camino andado, y nuestra comunicación de ellas constituirá el único legado que nos permitirá trascender.

Cuando crecemos en edad, no importan los años con los que contemos, nos volvemos valiosos, cuando envejecemos, aún a muy temprana edad, nos volvemos iguales a los objetos obsoletos que no encuentran uso o propósito en medio de la vida de los demás. Tal vez ese sea el secreto de la eterna juventud, que encontremos la forma en que muy a pesar de las marcas inevitables del tiempo en nuestra piel, conquistemos la ingenuidad suficiente para despertar cada día con la avidez de aprender la lección que agregará valor a nuestra vida, a nuestro crecimiento en edad.

 

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