MARCEL MARCEAU

Un universo de posibilidades

Creo, sin lugar a dudas, que en algún momento de nuestras vidas, al caminar sin rumbo fijo por alguna plaza de una gran ciudad, o en el andar aventurero que nos conduce a internarnos por los parques que embellecen nuestra provincia, nos ha salido al encuentro, esos artistas que hacen del silencio, su forma de expresión. Me refiero concretamente a los mimos, con sus elocuentes movimientos corporales que se complementan  en un universo gestual que armoniza y se funde al mismo tiempo, mediante un  proceso alquímico donde convergen lo ágil, lo dinámico y lo sugestivo.

En este sentido, hoy por hoy, no es ninguna novedad afirmar que el silencio puede ser muy expresivo, sin embargo, si nos referimos a la pantomima debemos agregar esa porción de magia que integra a las particulares formas de contarnos algo, y que en su espacio paradójico, existe todo un lenguaje infinitamente rico, basado justamente en el poder de la expresividad corporal en su totalidad. Esta técnica es compleja y elaborada, no exenta de convencionalismos pero que se nutre en inagotables posibilidades creativas.

La historia de la pantomima se remonta a la Grecia clásica, en sus orígenes poco tenía en común con la imagen del rostro pintado de blanco y esa espacie de rictus fijo expresando alegría o tristeza que conocemos. Entre el mimo actual y los antiguos griegos podríamos afirmar que su similitud, únicamente radica en su aspecto silente. La versión helénica de este arte, surge de la comedia, el cual era acompañado por música y contaban con el apoyo coreográfico, los primeros mimos parodiaban los argumentos, vistiendo túnicas y con el rostro tapado por una máscara. Los temas versaban en su mayor parte de asuntos mitológicos o escenas de la vida cotidiana. Para entender la importancia que los griegos conferían a este arte, baste mencionar que fue merecedor de contar con su propia musa en el Parnaso: Polimnia.  Las referencias más antiguas provienen del s. V a. C., y son propuestas del comediógrafo Epicarmo, desde entonces, innumerables literatos se han ocupado de la pantomima, en la misma Grecia, autores tan mencionados en nuestra época como Sócrates y Platón, la incluyeron en sus diálogos como categoría literaria.

En Italia, siglos más tarde, el mimo tendría un papel estrictamente popular, surge en las calles y se caracteriza por manejar una cierta picardía y una singular espontaneidad que distingue tiempo después a la Comedia del Arte. Bufonadas, la intensa actividad gestual y cuadros de un realismo extremo, son los elementos usados por los mimos italianos en los albores de la era cristiana. En Roma, lo pícaro y mordaz, es la esencia de esta manifestación artística, por ello gozará de enorme popularidad entre el público. Ciertos personajes subrayadamente grotescos se hicieron típicos de la pantomima italiana: Bucco, “el estúpido”, Dosseno “el jorobado” y Macco “el senil”, son algunos representativos de ellos, y sirvieron más tarde, a comediógrafos como Plauto y Terencio. Desde esos tiempos hasta nuestro siglo, la pantomima ha sobrevivido a través de periodos de auge como la Edad Media y otros de franco deterioro. En el siglo XVI, en pleno Renacimiento, los mimos y sus personajes como el célebre “Arlequín”, “Scaramuccia” y “Pulcinella”, contaban con más popularidad que los mismos personajes de la política en el gobierno italiano, o mejor dicho, los reinos que hoy conforman ese país. De la península itálica la pantomima se extendió a casi toda Europa, en Francia por ejemplo, un reino que marcaba pautas en el quehacer artístico, los mimos encontraron en el silencio una fórmula mágica para resolver el problema del idioma. Fue en el país de Baudelaire donde precisamente “Arlequín” dio lugar a “Pierrot”; el personaje más representativo de la pantomima clásica del siglo XIX en tierras galas Ya en nuestro siglo XX (recientemente dejado atrás ¿?), un nuevo impulso recuperaría al oficio de mimo; Louis Rouffe y Georges Wague fueron los precursores, siempre explotando a “Pierrot”, pero aun en ese momento, la mímica consistía básicamente en representar palabras en silencio, describir conceptos con gestos. Con la fundación del teatro Vieux Colombier (1913), Jacques Copeau  vine a revolucionar la escena, el lenguaje de la pantomima adquiere un aire renovado y fresco. Sus discípulos Etiénne Decroux y Jean Louis Barrault (ambos actores excepcionales), tomaron los aires de libertad en la creación del mimo y absorbieron las técnicas de Grotowsky. El resultado, además de ser revolucionario, trasciende lo formal, la pantomima no solo transmitirá los conceptos, sino también los sentimientos; el “tocar esos hilos” conductores de sentimientos, el mimo logra hacer vibrar al público, acaparar su atención, y adquiere el poder de depositar en los espectadores ese mensaje ulterior. Entre los discípulos de Copeau, destacó un joven artista en quien recaería la responsabilidad de proyectar la pantomima a niveles universales, crear un espacio en y  entre el público para su arte, y como veremos, asegurar la estancia y el futuro en el Parnaso de Polimnia. Nos referimos concretamente en el símbolo de la pantomima en el siglo XX, Marcel Mangel, mejor conocido como Marcel Marceau.

Nacido en Estrasburgo el 22 de marzo de 1923, con cierto parentesco con los judíos, vive la escena de la segunda guerra mundial, que como a todos los de su generación, el facto trunca sus sueños y su vida de juventud, donde pierde a su padre  y tal vez, en ese momento decide elegir el silencio como su particular forma de lenguaje; más tarde, terminados los acontecimientos, Marceau ingresa a la Escuela de Arte Dramático Sarah Bernahrdt en París, poseedor de un talento y creatividad excepcionales, donde su aguda sensibilidad encontrará cauce y destino a la vez; de igual manera su lirismo y expresividad impactará en los escenarios de todo el mundo. Terminados sus estudios, completa su formación con otros mimos de la talla de  Decroux y Charles Dullin.

Su primer éxito será, justamente un “Arlequín” en la pantomima Baptiste, este acontecimiento le motiva y forma su propia compañía. Ya con su grupo, en 1947, Marcel Marceau creará un personaje que estará destinado a acompañarlo el resto de su vida e ingresar con paso firme y agigantado a la inmortalidad; a la par de sus colegas de la Comedia del Arte, “del Pierrot” y de el “Carlitos” de Chaplin, nace : “Bip”.

Las bases ya se encontraban sustentadas, cuatro años después montó en París el mimodrama “El abrigo” inspirado en un relato de Nikolai Gogol, esta puesta en escena será la confirmación del artista. Desde entonces Marceau realizó giras mundiales, solo o con su grupo, programas de televisión y algunas participaciones cinematográficas, adquirió con ello, un estatus simbólico de Francia. La maestría en el manejo de su cuerpo, la explotación minuciosa de todas las posibilidades expresivas del gesto (rescate de estas características en el teatro, como en su momento lo propusiera Artaud), el movimiento y el silencio, serán las herramientas de su lenguaje, límpido y difícil de igualar.

El dramatismo plástico de su cuerpo y la ingenua poesía de su rostro pintado de blanco, le valieron  tanto el reconocimiento mundial, como el sello mismo de su personalidad. En 1971, Marceau inaugura su propia escuela de mimos en París y bajo su dirección, la Escuela Internacional de Pantomima, gracias a esto, nuevas generaciones de mimos siguen sus pasos. En cuanto a Marcel Marceau, recientemente fallecido y ahora  como integrante de los amantes del arte en el mismo Parnaso, seguramente sus actuaciones  harán que Polimnia se siga sonriendo con su personaje “Bip”, contando historias desde ese mundo fascinante, donde él encontró a través de éste, como mostrarnos un mundo repleto de sensaciones, por ejemplo: el empleo de esa especial  resistencia que Marceau empleaba muy bien, al crear en artificio ambiental toda una tormenta y su respectivo viento cuando no lo hay, de abrir o cerrar una ventana dibujada en el éter, de tocar nuestros recovecos psíquicos al crear sensaciones de ansiedad que surgen de un lugar cerrado e imaginario, mismo que desplaza a su antojo con una serie de movimientos, la vastedad que pudiera tener el escenario donde se llevan a cabo todos los juegos que juega Marceau  y que recaen en el imaginario colectivo. La manipulación del tiempo- realidad que Marceau ejecutaba en sus actos, consistía en  llevarlos a una constante imbricación en sí mismos, al grado de que el espectador presenciaba un mosaico de sucesos diversos,  y todo ello, partiendo desde la ausencia de la palabra y retomando, tal vez, el origen del signo.