Es impresionante la cantidad de cosas que uno acumula con el tiempo, incluso si se cuenta con mayor espacio más facilidad encontraremos para continuar guardando un sinfín de cosas que pueden ser inútiles, inservibles, o tan difíciles de localizar cuando volviéramos a tener necesidad de ellas que más valdría la pena ni siquiera guardarlas.

Pero allí estamos, almacenando, embolsando, encontrando lugares para guardar lo que ya no nos sirve. En casos extremos puede llegar a convertirse en un trastorno psicológico de acumulación compulsiva.

Tal vez todos tenemos un poco de acumuladores en el fondo, porque de lo que no queremos deshacernos es de los recuerdos que nos ligan a esos objetos, de las circunstancias que nos rodeaban cuando convivíamos con ellos en el pasado que no nos permitimos soltar, sin embargo, cerramos el armario, el cuarto de tiliches o aquel lugar del que hayamos dispuesto, para dejar en pausa la decisión de mantener esos fragmentos de recuerdos que no podemos dejar ir.

Como un buen ejercicio, a la par de escombrar rincones, cuartos y closets, deberíamos escombrar todos esos resentimientos, culpas y malestares que se nos van acumulando en el interior.

Parece algo sencillo, pensaríamos que estamos al día, pero a la hora de realizar un análisis detallado podríamos sorprendernos con la forma en que irnos guardando todos esos sentimientos negativos puede afectarnos de manera considerable.

Hay personas que quedan marcadas por situaciones que además redefinen su carácter, pero no en una forma positiva, pues aquellas son las marcas de los sinsabores de las malas relaciones, o las sensaciones de los malos sentimientos y lo más probable es que la acumulación de estas se vayan volviendo un peso a cuestas, que nos incapacita para obtener una agilidad emocional, pues en cambio, nos encontramos atados a emociones que predisponen nuestra actitud y en lugar de brindarnos la capacidad de aprender, nos amargan.

Habría que ponernos en modo de sacar las cosas del armario que ya no nos ajustan, ni nos gustan igual que las del alma. Hay sentimientos tan viejos que hemos guardado que muy probablemente están allí agotados y moribundos en nuestro interior, pero en lugar de diluirlos, tratamos de alimentarlos con alguna nueva situación.

La labor de depurar nuestros espacios muchas veces se asocia con la de poner en orden nuestro interior, es más fácil empezar por dentro, conciliando temores, rencores, perdones y adioses.

Dejar ir el pasado es la mejor forma de abrazar el presente dándole espacio en él, a los nuevos sucesos, experiencias y momentos que habrán de depositarse en un ambiente de paz, en donde sí caben. Después de ello, ya verás cómo el empezar a deshacerse de los objetos físicos que no necesitas será mucho más fácil.

 

 

 

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