Una de las tendencias alimenticias que más controversia ha causado es el consumo de alimentos 100% naturales y los que han sido manipulados por la mano humana; hay quienes consideran que es mejor ingerir productos orgánicos, pero también existen personas que mantienen una dieta hecha a base de los mismos alimentos que han estado consumiendo a lo largo de su vida, en este caso transgénicos, mismos que son vendidos con mayor frecuencia en tiendas y supermercados. Pero, ¿qué pasa cuando ambos tienen algún tipo de beneficio?, ¿realmente debe existir tal debate a pesar de poderse simplificar dependiendo del interés de las personas?

Para contextualizar, empecemos con los productos provenientes del reino animal. Es sabido ya que, antes de su comercialización son expuestos a intervenciones químicas y procesos no naturales como: aditivos, inyección de hormonas y ciertos conservadores, mismos que prolongan su duración y posponen su fecha de caducidad. Sin embargo, es un suceso que también se lleva a cabo en las frutas y verduras que consumimos día a día, sufren de una manipulación genética que hace que tengan un color vivo y sean completamente amigables para el sistema digestivo.

Inicialmente, los seres vivos se determinan por los genes que contienen sus células; el modificarlos químicamente se divide en dos partes: la primera, es realizar una introducción de genes de otras especies con la finalidad de otorgarle más propiedades de las que tiene como base y la segunda, es fusionar dos o más células para lograr nuevas combinaciones en los alimentos. Al ser intervenidos por la mano humana, es posible extraer el máximo de sus cualidades y proteger su proceso de crecimiento, creando especies que sean resistentes a algunos virus, plagas o cambios climáticos. Además, el que las frutas y verduras sufran de cambios en su genética natural, genera una evidencia notable ante la perspectiva humana, ya que cambia su sabor, crecen de forma acelerada y su adaptación al organismo es diferente, siendo positiva o ya bien, negativa.

Existen muchas frutas y verduras que, al ser intervenidas de esta manera, no existían anteriormente y hoy, son altamente comercializadas. Por ejemplo, las uvas sin semilla, que se presentaron al mercado gracias a estos cambios, o en el caso de las fresas, que a su ADN se le añadió un gen de un pez del Ártico, haciendo que se volvieran más resistentes a heladas y climas muy fríos. Por otro lado, con el café se ha llevado a cabo para aumentar su producción al potencializar su aroma y disminuir sus niveles de cafeína. También, al arroz normalmente se le añaden tres genes nuevos que presentan mayor cantidad de vitamina A. Como estos, existen otros productos naturales con los que se ha experimentado transgénicamente: soya, trigo, papa y maíz, algo que los ha hecho más resistentes a insectos y bacterias, sufriendo cambios en cuanto a color, tono y brillo; claramente, tienen una mayor duración antes de su descomposición.

Un ámbito que es de suma importancia al poner en práctica este tipo de procedimientos es incluir un gen marcador que sea resistente a algún antibiótico, con la finalidad de medir el éxito de dicha experimentación. ¿Por qué? Porque en ocasiones, al realizar la transferencia de genes por medio de bacterias, el antibiótico puede perder su eficacia y convertirlo en una patógeno para el ser humano, mismo que genera que alguna persona presente intolerancia a alguna fruta o verdura. A raíz de esto, los productos llegan a contener sustancias que, al ser ingeridas, provocan ciertas alergias bajo la creencia de que se trata del producto, cuando en realidad es por algún complemento que este contiene.

En pocas palabras, esta nueva forma de agricultura sigue siendo catalogada como una amenaza por dos razones: de primera instancia, hacia la biodiversidad, ya que pueden arrastrar a los productos 100% naturales a su extinción y de igual manera, a las economías tercermundistas viéndose afectadas en la exportación de productos no modificados y ser reemplazada por la transgénica elaborada en diversos países americanos y europeos. Conforme el tiempo ha pasado, esto se ha convertido en un acontecimiento que ha beneficiado a las economías del primer mundo, por medio de una visión ambiciosa al aumento de productividad y disminución de costos.

Esto nos dice que, muchas de las frutas y verduras que conocemos en la actualidad, no eran así hace algunos años y posiblemente, también dejen de existir en ti. El reloj corre, el tiempo pasa y con ellos, los alimentos cambian, no por naturaleza sino por intervención humana que tiene un único objetivo en mente, innovar productos que generen una ganancia económica y claro, que invoquen una disposición de compra al consumidor.