Loco no es el que ha perdido la razón,

Sino el que ha perdido todo,

Todo menos la razón.

G. K. Chesterton.

“¡Cómo cambian las cosas! –en Alemania no me encuentran loco” escribía Nerval en una de sus notas (1). Esta apreciación nos lleva a repensar en el verdadero significado que encierra la palabra locura; ¿Qué es en realidad, acaso se puede entender como una verdadera enfermedad mental? ¿Es la exaltación de todos los sentidos conocidos llevados a transgredir los límites? O es un concepto que depende de una moda, de los adelantos científicos, psicológicos y psiquiátricos, espacios donde se regodea la fuerza del impositivo diagnóstico que suele ahogar al arte y a la vida, y donde encajan todos aquellos personajes inciertos, insolubles sociales, que han escogido a través del arte, sus modos y formas de expresión. Ante este hecho, ese particular lenguaje (cualquiera que este sea) los enmarca y etiqueta como esos artesanos de lo oscuro, de lo insondable, pero sin embargo, a menudo, admirables visionarios. No lo sé. El grado sumo de la certeza se escapa de mis manos y creo que en realidad, ha escapado para estudiosos, intelectuales y científicos.

La Historia del Arte nos resalta múltiples ejemplos acerca de estos entes transgresores, tocados por el binomio locura-genialidad; artistas que nunca sucumben en su singularidad que los identifica y los diferencia a la vez, y en donde precisamente el arte, funge como el elemento principal, y es a su vez, el puente conciliador que permite a estos incomprendidos, involucrarse dentro de esa maraña imprescindible de todos esos sucesos con los que viene cargada la vida, grata o no, felices o infelices, por el simple hecho de estar en el mundo.

Muchos artistas, escritores, pintores, filósofos, destinados a la segregación tutelar de los hospitales psiquiátricos, quienes, por su “pérdida de la salud” se encuentran fuera del alcance de la manipulación del cuerpo y del arte, lejos del empeño de domar la creación y adocenar la imaginación;  para ellos, el que sus horizontes mentales vayan más allá, no es una dolencia en el sentido de la patología clínica, sino un malestar que se desarrolla a través de un vasto campo ilustrativo y expresivo; un bálsamo que ayuda en la vida, a vivirla. Tal es el caso que ocupa, por solo mencionar a los más conocidos, del padecer de Kafka, de Artaud, de Nerval, de Van Gogh, de Nietzche… de Miguel Ángel Bounaurotti, cuyo consejo es elocuente: “para mantenerme sano y huir del dolor no hay nada mejor que la locura”.

Es así, en el contexto que hemos venido trazando, que la psiquiatría y el arte se han vinculado estrechamente y en donde el primero se ha servido precisamente del segundo, para ampliar las formas de expresión y de comunicación haciendo con esto, según la medicina mental, una alternativa viable que permita conocer ciertos recovecos mentales de los llamados alienados y poder llegar hasta su padecer. Esto último se encuentra sustentado desde el punto de vista psiquiátrico, en el que se sabe que, a través de todos los tiempos, el hombre ha expresado y liberado sus emociones e ideas por medio del arte, así que los médicos emplearon este impulso con fines terapéuticos. Se encontró que la pintura y el modelado son medios eficaces para canalizar la energía creadora en casos de enfermedad física, especialmente cuando limita los movimientos del paciente. El trabajo físico le hace olvidar su dolencia, les ayuda a pasar el tiempo y favorece la convalecencia. Es decir, la plástica abriendo un universo insospechado en el que actúa como un catalizador de emociones y en el que los pacientes aprenden a afrontar las relaciones normales en lo que se refiere a línea, color y perspectiva y en consecuencia, a afrontar la realidad. Algunos sicóticos, incapaces de comunicarse verbalmente, sienten el impulso urgente de crear y en muchos casos de comunicarse por medio de la obra de arte, ya que es ahí precisamente en donde pueden plasmar sus imágenes inconscientes en formas simbólicas, mismas que el psicoterapeuta tratará de interpretar y consolidar como información que le permita la evaluación y el diagnóstico. Según la psiquiatría y los estudiosos en este campo vinculatorio, el arte de los esquizofrénicos suele exhibir características similares: tendencia a ocupar el cuadro ocupando todos los espacios disponibles, a crear formas rígidas y estereotipadas, e hipertrofia de los símbolos. Para ilustrar un poco éstas últimas líneas, echemos un vistazo a una historia en que una muchacha esquizofrénica de 19 años, fue clasificada como un caso casi incurable, en donde habían fracasado el electrochoque, el narcoanálisis y la terapia de grupo. Incapaz de comunicarse en forma normal de palabra, la paciente comenzó a pintar. Sus cuadros eran extravagantes, sombríos, constrictivos, aunque mostraban un cierto orden y propósito. En varios cuadros hizo los mismos comentarios sobre objetos similares, simbolizando sus temores y su concepto sobre sí misma y del mundo; es así como entramos a la lógica de la ironía reparadora; del arte como grito y simultáneamente como terapia. Lamentablemente, en muchos casos en donde se advierte en un enfermo signos de un brillante artista, éste se convierte en un simple expediente, mientras que la obra de arte se llega a transformar en la ficha técnica de un catálogo más. Por otro lado, para la psiquiatría este adelanto, en su finalidad de curar,  también recae virtualmente en una paradoja: la posible infertilidad imaginativa. Recordemos aquella letra en una de las canciones del canta-autor español Joaquín Sabina que dice: “Oiga, doctor, devuélvame mi depresión… Oiga, doctor, que no escribo una nota desde que soy feliz…”

“La salud total suele alejar la reflexión”, apunta el médico y escritor Arnoldo Kraus, y agrega con tino que “los padecimientos invitan con frecuencia a repasar los rincones olvidados del alma y del cuerpo”. En efecto, desde la perspectiva de la enfermedad se observa la naturaleza humana bajo otras aristas. El dolor de alguna manera nos recuerda que existimos y la enfermedad hace patente nuestra fragilidad. La mera evocación de la muerte como única certeza, sacude la vida y la plasma en dimensiones que no se alcanzan a vislumbrar en lo óptimo de nuestra condición saludable.

Existen grandes obras artísticas que revelan las huellas de la enfermedad tanto en los creadores, o bien, en sus seres cercanos. John Keats y Charlotte Brönte registraron en sus textos la experiencia de vivir con familiares tuberculosos antes de contraer ellos mismos la enfermedad. También tenemos el célebre y desolador grabado “La niña enferma” de Edvard Munch, que refleja la trágica dolencia de su hermana de 15 años. “La enfermedad es el medio por el cual se adquiere conocimiento”, concluyó Thomas Mann, aunque en términos generales fue un hombre sano. Hay innumerables pinturas, poemas, novelas y composiciones musicales, cuyo origen se asocia al padecimiento, como bien lo señala el doctor Philip Sandblom en su libro Enfermedad y Creación: “El artista obtiene su poder de cualquier mutilación que padezca; la herida de la ostra es lo que produce la perla”.

Ahora bien, si el arte indica una forma sensible de relación con lo real, una lectura particular y subjetiva del mundo, entonces el artista logra cambiar esa realidad confrontando una doble experiencia. Una experiencia personal por un lado, nacida de una cohabitación prolongada con el mundo de la enfermedad, en el que a veces se juega a las escondidillas con la muerte, y de la rebelión, asimismo, contra la tiranía de los especialistas y los gurús del arte contemporáneo.

Así entonces, a manera de lo más parecido a una resistencia del ser y padecer, y utilizando el principio de autonomía, el artista puede rehusar el bien que se le propone aun cuando este rechazo parezca irracional. La salud no es la exaltación del bienestar moderno, la valoración mediática del cuerpo sano; es la afirmación de la primacía de vivir en la permanencia del juego y de lo imaginario. Es también el ejercicio crítico de la risa y la sinrazón. El remedio está entonces en la enfermedad misma. Dentro del ejercicio y la dinámica de la sensibilidad y del  carácter ambiguo que permiten ver en el alienado y su forma de expresión, algo así como el signo de una diferencia.

Es así como estos artistas, en todas sus modalidades, procedentes de todos los horizontes geográficos y sociales; hombres y mujeres apartados del mundo, expresan en las telas, en la palabra escrita, etc., los paisajes nebulosos de su universo interior; el lado oscuro del cisma que experimentan internamente cada individuo, y que aparece sincrónicamente y se despliega en la fragmentación de su obra.

LOCURA, s. Ese <<don y facultad divina>> cuya energía dominadora y creadora inspira el espíritu del hombre, guía sus acciones y embellece su vida. (2)

1.- Gérard de Nerval. Pandora, Ed. Tusquets, Editores. Cuadernos Marginales N0. 16., 1980.

2.- Ambrose Bierce, El Diccionario del Diablo. Madrid: Valdemar, 2005. Traducción del ingles de Eduardo Stilman.