Una de las mayores fuentes de inspiración, para mí, se encuentra en los aromas y preparaciones que provienen de la cocina.

Tal vez sean los recuerdos de infancia, tamizados con los platillos favoritos que mi madre preparaba, sazonados al paso del tiempo con mis propias experiencias, servidos a la mesa con tan buenas compañías y memorables pláticas.

En la cocina he encontrado metáforas tan ricas como sus sabores, en particular una de ellas, la del café, me valió a partir de su riqueza y profundidad, el construir la idea central de mi primera novela: “Café Toscana”, comparando el cómo nos bebemos una buena taza de café, con el cómo nos vivimos la vida, todo esto, desde luego, alimentado de los motores que nos impulsan, llamados sueños.

Esos sueños me han movido, para seguir creando deliciosas historias que casi siempre incluyen en alguno de sus pasajes, algún encuentro de sus personajes con la cocina y sus ingredientes. Porque de la cocina se desprenden muchas anécdotas, con las consabidas emociones que nos ocasionan: el gusto que se anticipa al disfrute de un buen platillo, el entusiasmo que acompaña a los preparativos de cualquier festejo o el simple mundano acontecer de nuestro día a día, ya sea entre amigos o familiares.

Dentro de este espacio, algunos aprendemos a algo más que a cocinar, y es que al hablar de los ingredientes, preparaciones y recetas, en lo que respecta a la vida, podríamos referir a personas, situaciones y relaciones.

Cuán importante resultará conocer la calidad, origen y necesidad de cada uno de los ingredientes que utilizamos para construir una receta, igual para nuestra vida, que cuando logramos cocinarnos una buena, es porque hemos aprendido a consumir y balancear los ingredientes correctos.

Durante los últimos años, a través de un ejercicio de introspección constante, he logrado aprehender que la única forma para producir buenas recetas de vida, radica en nuestra capacidad de entender qué tipo de ingredientes necesitamos, basándonos en nuestra esencia, para poder acercarnos al sentimiento de la felicidad.

Valiéndome de metáforas y analogías, concluí recientemente el libro “Una receta práctica para sentirse feliz”, cuya presentación realizaré el próximo viernes 30 de noviembre a las 19h en el Film Club Café, en compañía de la reconocida comunicadora y escritora Julieta Lujambio.

El objetivo en esta nueva obra es el de compartir experiencias que me han permitido migrar hacia un estado de paz, que deriva en muchas posibilidades, dentro de las que el sentirse feliz, es una bastante asequible.

De uno de los capítulos de este libro, extraigo la metáfora de las galletas de nata, cuya receta también se incluye en el mismo, para compartirla en estas páginas.

Antes de revelar su propósito, tengo que hablarles del sabor y textura de esta pieza legendaria de la repostería de la familia. Estas galletas al ser revolcadas en azúcar después de barnizadas con huevo, se vuelven crocantes en el horno, mientras en el centro continúan suaves, dulces y deliciosas. No deben dorarse demasiado, su aspecto blanquecino las hace tan elegantes como rústicas a la vez, al igual que irresistiblemente deliciosas.

La materia prima básica, para que el sabor de estas princesas de la repostería pueda hacer sucumbir a cualquier paladar, es la nata. Esa capa delgada que se forma sobre la leche después de hervir y luego enfriarse, forma la nata, la misma que a muchos les disgusta y retiran enérgicamente de sus tazas, es la nata.

En mis días de infancia, era bastante habitual el servicio de reparto de leche a domicilio con una calidad muy diferente a la que conseguimos ahora en envases comerciales. El proceso que se seguía para consumirla, era el de pasteurizarla a través de la ebullición, cuyo beneficio siempre después de hervir varios litros, era el de producir una capa cremosa muy apta para diversas recetas de platillos, pero muy en particular para la repostería, en donde a partir de una o dos tazas de nata, se pueden obtener maravillas.

Estaba el panqué, las gorditas y estas galletas, que para mí fueron siempre las favoritas. Recuerdo haberlas comido en la merienda, rodeada de la familia, a la espera de papá regresando del trabajo, a veces ayudándole a mamá a prepararlas, luego de aprendida la receta, haciéndolas yo desde cero, llevándolas de almuerzo a la escuela y disfrutándolas en el descanso junto con los compañeros, más tarde con amigos en la oficina o en mi propia casa.

Las recetas abrigan nuestra vida, y esta de galletas con nata servidas con un buen café, invitan a las charlas más deliciosas.

La metáfora de esta receta, me liga a los recuerdos de las personas con las que las he compartido, tanto situaciones difíciles como de celebración de vida, los amigos.

No me fue difícil asociar esta receta con las relaciones amistosas, porque igual que ellas resultan de un gusto exquisito para acompañar los buenos momentos y hasta aquellos que no lo son tanto.

Son escasos, como la materia prima de donde se derivan estas galletas, y al igual que la nata, son versátiles, pues hay muchas actividades que podemos realizar con ellos.

Y cuando se echa a perder, la nata, bastará con batirla para lograr que se vuelva mantequilla, igual que en las amistades, que a veces tienen que superar transiciones porque como seres en evolución constante, cambiamos, pero con los amigos del alma siempre nos volvemos a ajustar.

Sin embargo, también es cierto, que a veces la nata se estropea sin remedio, se agria, con lo que no habrá procedimiento alguno para reutilizarla, pues ni batirla bastará, entonces deberemos de desecharla.

A veces aunque sea difícil de aceptar, tenemos que separarnos de ciertos amigos porque tomamos direcciones opuestas, entonces las circunstancias en lugar de acercarnos, nos alejan, o nos hacen tomar la decisión de alejarnos por nuestro propio bienestar.

El consumir nuestras galletas de nata, sea en gran o menor escala, queriendo con ello decir que no importa qué tan grande sea nuestro círculo de amistades, es una práctica que atesoro mucho, los amigos son esa familia extendida que elegimos porque aunque no contiene nuestro mismo ADN biológico, sí contiene en cambio parte de nuestra esencia, que podríamos llamar ADN emocional, en este caso.

Es cierto que a veces las ocupaciones nos impiden disponer de mayor tiempo para convivir con nuestros amigos tanto como quisiéramos, pero no es pretexto para sentirnos “desacompañados” pues en ese rincón cálido del hogar, en la cocina, un buen café y unas galletas de nata al lado, serán el alimento perfecto para invitar a una plática con esa amistad de la que a veces rehuimos, que en última instancia es nuestra mejor y mayor aliada, nuestro ser interior.

Si deseas escuchar más recetas para el bien estar y la sana preparación del sentimiento de felicidad acompáñanos en esta presentación al lado de Julieta Lujambio, estaremos además celebrando 11 años de trayectoria. La cita es el viernes 30 de noviembre a las 19h en el Film Club Café, la entrada es libre.

 

Mayores detalles en:

Próxima presentación del libro “Una receta práctica para sentirse feliz”

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Café Toscana y novelas por Susana Silva  @SusanaSilvaAutora

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Fotografía por Mel Nocetti

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