“At the touch of love everyone become a poet”

Platón

 

¿Por qué dejamos de escribir cartas de amor?  ¿Tan mecanizados estamos que perdemos esa sensibilidad de desnudar los sentimientos a través de las manos?

Al tomar una hoja de papel escribimos con la distancia, tiempo y lugar, conjugamos los verbos en presente y futuro, acompañados con la imagen mental del ser amado nos convertimos en palabras y nuestra voz resuena en tinta.

Mi preciosa amada:

Sólo cuatro letras, que quizás lleguen al mismo tiempo que yo. Me alegro de que hayas renunciado a poner resistencia a mi viaje. ¿Recuerdas aún mi primer cumplido hace tres años y medio, cuando no sospechabas nada? Te dije que de tus labios caían rosas y perlas, igual que le sucedía a la princesa del cuento. La única duda posible era si lo que predominaba en ti es bondad o la inteligencia. Así adquiriste el nombre de princesita. Y ahora que te conozco bien, no puedo sino corroborar el cumplido, aptitud tan sólo adivinaba por entonces.

Que las cosas sigan siendo siempre entre nosotros como lo son hoy. Debo dejarte, querida mía, pues es medianoche. Que el amor y la ciencia jamás abandonen a tu:  Sigmund.

El padre del psicoanálisis, Freud, escribe a su esposa Martha Bernays, durante uno de sus viajes. En este ejemplo la distancia se hace menor, deja de lado, actos fallidos, teorías o neurosis.

Cuando llegamos a casa enviamos un mensaje de texto acompañado de caritas felices, podemos sobreentender en este contexto que existe comunicación, y que dejamos constancia de lo que produce en nosotros el ser amado. La comunicación epistolar se va perdiendo, por fortuna ejemplos quedan.

 “No he sido capaz de irme a dormir después de que hablamos esta tarde. Me siento demasiado feliz, demasiado elevado. No solamente tienes magia en tus manos, sino en tu voz, en tu mente y en todo tu cuerpo (…) Me acabo de tomar un Valium y dos aspirinas que usualmente me disponen a dormir (imaginativamente) a tu lado, preferiblemente en tus brazos, pero no como un fornicador sino como un amante. Mientras más te conozco, más profundamente crece mi respeto por ti y mi certidumbre de que todos tus deseos se cumplirán y quiero decir, antes que tengas ochenta o noventa.  H. Miller.

El escritor norteamericano Henry Miller, con 70 años cumplidos, enfermo, casi ciego encontró el amor en Brenda Venus una actriz de 25 años, con la edad el tiempo se le escabullía de las manos, pero dejó constancia del placer que lleva el sentir y vibrar con el amor, a pesar de entrados los años.

Al escribir cartas de amor sabemos que somos participe de algo privado, intimo, el canal de comunicación es simple: “tú y yo” formando un “nosotros”.

Chepita:

¿Quieres que te lo diga?: hay un montón de brasas en mi sangre; estoy ardiendo!, me esta quemando el tiempo; me tiene encendido la vida. Tú- yo- nosotros…Nosotros no importamos nada, somos un accidente del amor; nomás un accidente -una caída de piedra, el vuelo de una hoja, un lamento.

Digo que la vida es pura experiencia; que me canso; que me rebelo a sobrevivir diariamente. (…) Buenas noches, linda (ojalá te encuentre por aquí, en alguna calle del sueño. Es una gran alegría ésta de aprisionarte con mis párpados al dormir).  Jaime Sabines.

Soy de la vieja escuela de escribir cartas de amor, de mano a mano paso esa misiva con la pena de desnudar lo que siento, en una carta las faltas de ortografía son permitidas, son olvidos de la cabeza por tenerla ocupada pensando en el otro, en ese objeto del deseo que cabe enterito en una hoja de papel.

En cierto momento escribí una carta de amor con el arte de un disco de Susana Zabaleta, entre cada letra de canción subrayé lo que quería decir, no era dedicar una canción, era dedicar un disco entero, subrayando las palabras, uniendo los pensamientos del compositor con lo que en ese momento yo vivía, ese disco que puede ser universal se convirtió en un disco personal, totalmente íntimo, toda una carta de amor en papel couché de 250 gramos con impresión a color.

Oscar Wilde, antes de caer en la desgracia de la cárcel, humillación y abandono, enviaba cartas  llenas de ilusión a Lord Alfred Douglas (Bosie).

“Mi niño, tu soneto es encantador, es una maravilla que esos labios tuyos, rojos como pétalos de rosa, estén hechos tanto para la locura de la música y las canciones como para la locura de besar. Tu delgada alma dorada camina en el medio de la pasión y la poesía. Sé que Jacinto, a quien Apolo amaba con tanta locura, eras tú en los tiempos de Grecia. ¿Por qué estás solo en Londres y cuándo vas a Salisbury? Ve allá a enfriar tus manos en el crepúsculo gris de las cosas góticas, y ven aquí cuando quieras. Es un lugar encantador en el que sólo faltas tú; pero ve a Salisbury primero. Siempre, con imperecedero amor, tuyo”.

No existen instrucciones para escribir una carta de amor, tomamos el papel, bolígrafo y comenzamos a sentir en tinta, imaginamos al otro en ese papel, imaginamos sus manos, sus ojos, leyendo con atención palabra por palabra, abriendo y entrecerrando los ojos, como la pupila de un gato al contacto con la luz, escribiendo lo que penosamente no podemos decir estando frente a frente.

Juan Rulfo, redactó con la sencillez de su lenguaje cartas de amor: Estas dentro de mi sangre, y pasas por mi corazón a cada rato”.

Chiquilla: ¿sabes una cosa? He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes lo ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas y resultó que la boca me supo a azúcar. (…) también he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.  (…) no me conformo, no; me desespero. Ayer pensé en ti, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón: lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.

Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí hasta donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y el fin de todas las cosas.  Juan.

El ingenioso de la seducción y la poesía carnal, Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido como el Marqués de Sade, escribió desde la cárcel a su esposa.

“Hoy jueves 14 de diciembre de 1780, hace 1400 días, 200 semanas y casi 46 meses que estamos separados. He recibido sesenta y ocho provisiones por quincenas y cien cartas tuyas y ésta es la 114 de las mías. Me gusta con locura ver copias de tu puño y letra; no puedes imaginar el placer que me da. Nunca olvidaré que, mientras yo estaba en Italia empezaste a copiar el Celibataire, porque había algunos pasajes que tú creías que me gustarían. Esta atención tuya la he recordado cien veces por lo menos.

He recibido todos tus envíos. Son encantadores y te los agradezco con toda mi alma: una vela soberbia, un faisán digno de ser presentado a un comandante de torre, una flor de azahar exquisita y unas confituras selectas (…) Sácame de aquí mi buena amiga, te lo suplico con toda mi alma. Por lo menos envíame mis sábanas cuanto antes, te lo ruego. Adiós mi querida amiga, ámame tanto como sufro, es todo lo que pido. Sade”

No existe una guía, muchas de las cartas pueden tomar el inicio de alguna canción; ser la letra buscando melodía. Hacer promesas, contratos, manifiestos, la palabra “siempre” es mucho tiempo, pero Gustavo Cerati lo describió muy bien: “Te quiero siempre, pero siempre es hoy”. Se debe dejar constancia de los sentimientos, si no hay evidencia, no existe. Hacer que el paso por la experiencia de vida en otro ser humano sea significativa, evitemos que la tecnología ocupe un lugar importante en la trascendencia emocional, usemos todos los medios para poder transmitir lo que sentimos, pero una carita feliz es insuficiente para la inmensidad de lo que se es capaz de provocar.

Bartolí: Anoche sentía como si muchas alas me acariciaran toda, como si en la yema de tus dedos hubiera bocas que me besaran la piel. Los átomos de mi cuerpo son los tuyos y vibran juntos para querernos (…) siento que te quise siempre, desde que naciste, y antes, cuando te concibieron. Y a veces siento que me naciste de mí. Quisiera que todas las cosas y las gentes te cuidaran y te amaran y estuvieran orgullosas como yo de tenerte. (…) Te escribiría horas y horas, aprenderé historias para contarte, inventaré nuevas palabras para decirte en todas que te quiero como a nadie. Mara (Frida Kahlo).  29 de agosto (1946) Nuestra primera tarde solos.

Firmar es lo menos importante: tuyo, te amo, te quiero o un nombre, lleva la misma carga emocional que hacerlo con un triángulo invertido o tres puntos suspensivos.

Querido Eduardo: Recibí tu carta que contesto enseguida, muy contento de que te hayas acordado de mí, pues yo creía que casi me habías olvidado. Yo como siempre te recuerdo, quiero saber de ti y tener un lazo de unión contigo. Creo que eres sincero, y es ésta una virtud que, junto a la lealtad, forman la base del sentimiento de la amistad que yo cuido y precio (sic) como una joya rara. (…) ¿Querrás creer que a la única persona de Granada que le escribo es a ti? No leas mis cartas a nadie, pues carta que se lee es intimidad que se rompe. Espero con alegría tu venida a Madrid (…) Adiós recibe un abrazo cariñoso de tu amigo:  Federico (Garcia Lorca).

Escribamos, recordemos que: Con un toque de amor, todos se vuelven poetas.