Por Daniel Estrada Silva

 

La idea provino de la mente malévola de mi esposa, el día que nos disponíamos a dar por terminadas las tapas de jamón serrano y aceite balsámico que un amigo había mandado traer a su casa un sábado cualquiera, de un pequeño restaurante ubicado en la Colonia Roma, en el que varias veces habíamos coincidido: “¿Cuántos días serán suficientes para conocer la Ciudad?”, preguntó con una sonrisa amplia de oreja a oreja.

 

Los presentes guardamos silencio, y aunque atribuimos la pregunta al efecto que había causado en nosotros aquel vino que habíamos comprado de prisa en una cava al sur de la Capital, no contestamos de inmediato. El anfitrión –que a bien había seleccionado una excelente playlist en Spotify-, fue el primero en lanzar una respuesta, tratando de ganar tiempo y escuchar al resto: “Según y depende”.

 

“Es una buena respuesta”, contestó mi esposa, encantada del rumbo que había tomado la velada, dejando cada vez más lejos el tema que nos había traído al penthouse de mi amigo, a quien hace pocos días informaron sería transferido a una filial de la compañía en la que trabajaba desde hace una década, a Brasil.

 

“Más de 80, seguro”, dije abriendo otra botella sellada en Santiago de Chile, en mitad del dueto que  B.B. King había grabado con Tracy Chapman en el ’97, y que ahora sonaba por el buffer rojo en mitad de la sala.

 

“Pongamos una fecha”, propuso otro amigo vuelto a escena tras despachar desde la ventana a los viene-viene que se habían abalanzado contra su recién adquirido convertible rojo (‘¿Quién compra uno o tiene uno de esos en estos días?’, nos preguntamos en silencio los presentes, sin siquiera decir palabra).

 

Recuerdo bien la cara que puso mi esposa cuando cogí la botella de aquel Cabernet Sauvignon y la alcé a la altura de todos nosotros: “Hagámoslo entonces”, dije sonriente y aliviado.

 

Por el buffer comenzaban a sonar los primeros acordes de With a Little Help From My Friends